Mirada de Águila, Achacachi cambió el gris por el verde

15 de Mayo de 2010, 04:38

La Paz - Bolivia.- Una gaviota desprevenida llegó al campo de juego atraída por el verde, se posó algunos segundos sobre el césped sintético del estadio de fútbol, e inmediatamente se dio cuenta que no era su hábitat. Es que la antigua cancha de fútbol de tierra cedió paso a una nueva de césped sintético y de medidas reglamentarias, que los achacacheños la lucen con orgullo.

A hora y media de viaje de la ciudad de La Paz está la Achacachi del presente que ha cambiado de aspecto, presenta un aire más citadino que rural. Alrededor de la plaza central, que lleva el nombre del Mariscal Santa Cruz, pululan las edificaciones de dos y tres pisos.  Hasta se puede decir que las culturas híbridas que se forman alrededor de las ciudades en las llamadas villas y barrios pobres, que postula el filósofo García Canclini, se han trasladado ahora lejos de las ciudades.

“Habrá un simulacro no estamos libres de los temblores”, reza una pancarta de la Alcaldía, mientras el comercio es febril y las movilidades que llegan de Puerto Acosta, Carabuco, Escoma y otras localidades apenas hacen una parada breve. Los estudiantes lucen uniformes similares a los que se encuentra en La Paz y las calles lucen los nombres repetidos de La Paz. “En la Yanacocha hay una buena pensión y el pejerrey es rico”, dice una de las vendedoras de la plaza, vamos a aquel lugar y mientras degustamos del citado plato vemos obligados un video con un grupo peruano. “Nos gusta esa música, especialmente esa que dice tomando la cerveza”, dice la vendedora esperando nuestra aprobación.

La Achacachi de los Vargas, Silva, Bavía, Guerrero, Mollinedo y otros vecinos que dejaron esta población hace 20 y más años cedieron espacio a otra generación de joven de pobladores que buscan nuevas oportunidades, aunque siguen recordando su pasado guerrero No por algo Achacachi (peñasco puntiagudo) fue la tierra indomable que los incas no pudieron doblegar y tampoco penetrar con el idioma quechau. “De acá son el Huilasaco (saco rojo) y Toribio Salas. Somos difíciles nos cuesta ponernos de acuerdo”, comentó uno de los jóvenes, agrónomo de profesión y que cree en la Achacachi del siglo XXI, por eso se quedó en su tierra.

Achacachi no es más el pueblo tranquilo que aceleraba su ritmo de vida en base a la fiesta de San Pedro y San Pablo del mes de junio. Hoy vive a mayor velocidad, el comercio ha ganado la plaza y las calles adyacentes. Hoy se cuentan con seis colegios, aulas modernas, negocios bien presentados, pero el horizonte se acaba allá porque los jóvenes reclaman por fuentes de trabajo. “No queda más que ir a La Paz. Yo quiero ser policía”, dice uno de los muchachos que este año cumple su último curso secundario en el colegio Omasuyos.

A Achacachi le robaron la tranquilidad, mantiene aún algunas casas viejas, el río K’eka sigue siendo cristalino y se puede ir en busca de algunos pejerreyes, el calvario oculta al Illampu, que al igual que el Illimani va perdiendo su vestido blanco y muestra sus desnudeces grisáceos.

Imitamos a la gaviota que vio el verde, sintió el plástico y se marcho, dejamos las calles hoy adoquinadas de Achacachi con el deseo de que esa cancha de fútbol sea bien utilizada, que sirva para ocupar el tiempo libre de sus jóvenes, quienes deberían tener más oportunidades de trabajo en la tierra que los vio nacer. Cuando tomo el bus de regreso, el chofer pone a todo volumen el tema “Achacacheñita” y no se por qué una aire de melancolía me inunda el alma.

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