Los privilegiados que eligen el camino del anonimato

08 de Abril de 2010, 06:17

La Paz - Bolivia.- Llegó a las oficinas de Radio Erbol con un minicomponente flamante. No le había dado uso. Puso una sola condición para su entrega: el premio debe llegar a manos  de cualquiera de los niños participantes en la competencia atlética del 24 de este mes y no a uno de los ganadores (vean ustedes la mejor forma). A duras penas aceptó un papel firmado por la empresa en la que se señalaba que se cumpliría lo que pide. Es más, rechazó tomarse una fotografía. “Prefiero el anonimato”, dijo este hombre que vino desde España a trabajar a Bolivia, que se consagró al trabajo con los niños y ahora llegó el tiempo de retornar a casa. Sólo supe que se llama Pablo y lleva sobre sus espaldas más o menos medio siglo de vida.


Inmediatamente me vino a la memoria aquella magnífica canción de Ricardo Cantalapiedra, un español que podía cantar igual o mejor que Nino Bravo y Julio Iglesias, pero prefirió el anonimato y que dice así: “Conozco a un hombre vulgar, trabaja de sol a sol, toma vino en el bar, como cualquier trabajador, en su bolsa no hay dinero, ni tiene gran posición, pero canta en la mañana y cuando se pone el sol”.


Es que poca gente corre detrás del anonimato y hay que tener mucha fortaleza para ello, porque el ego nos lleva por otros rumbos. La mayoría de los mortales corremos tras la fama para encaramarnos en aquel podio que aparece como un instrumento moral, de manera que el premio es la celebridad y el castigo el anonimato. Los famosos están en la política, frente a las pantallas o incursionan como estrellas musicales y deportistas, éstos son los santos de la comunicación global.


Ya Virgilio en La Eneida había atisbado la fama como una fuerza demoniaca que eleva lo humano a nivel sobrehumano y que le hace tomar distancia de su hábitat natural. En esta forma de ver las cosas jugamos parte activa los medios de comunicación, porque actuamos como intermediarios de esta fantasía, somos el instrumento válido hasta que el famoso vuelva al lugar de origen. Menos mal que algunos se dan cuenta de ello y cito el caso del compositor y cantante Alejandro Sanz quien sostuvo sin pelos en la lengua que “la fama es el castigo que Dios manda a los artistas".


“Me gusta ser famoso porque me hace sentir bien”, me decía un futbolista a quien en sus días de gloria le solicitaban cientos de entrevistas, hoy se pasea por las calles y la mayoría apenas lo conoce. Es que el poder crea una falsa percepción del mundo, pues la realidad le llega filtrada, como una lente que rodea al sujeto, de manera que se deforma su visión de la realidad.


La política suele brindar ese licor a los gobernantes, éstos nacen en el pueblo se apoyan en él para llegar a la cima del carrusel y desde allí miran al resto, embriagados por ese poder circunstancial, mientras el coro (sus allegados) tratan de mantener la gran rueda, para que ésta no gire tan rápido.


Cuando le pregunté  a mi maestro de filosofía sobre el tema de la fama me respondió en forma directa con una evasiva más o menos así: “abrigo la sospecha de que la diferencia entre una persona normal y un idiota es la fama. Pero no me atrevo a asegurarlo categóricamente porque conozco infinidad de idiotas completamente desconocidos para el gran público. A mí, sin ir más lejos, no me conoce nadie”.
Ernesto Murillo Estrada
Es filósofo y comunicador social

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