Se fue con su soledad, Hab韆 una vez un club llamado Municipal

26 de Marzo de 2010, 07:33

La Paz - Bolivia.- ,La casaca guinda y el pantalón y medias de color gris fueron los colores que mejor le quedaban a Wilfredo Camacho, el capitán de las selecciones bolivianas de la década del 60. Al gran Willy le acompañaban Alberto Tórrez, Julio Tórrez, Oscar Montes, el “Chila” Castillo, la “Bailarina” Aguilera, el inolvidable “Tony” Aguirre, los laterales Raymundo Zenteno y el “Mono” Montes, el delantero paraguayo Ramón Ruiz Díaz  y en el pórtico don Alberto Viscarra.


Este equipo llenó el viejo estadio Siles el 17 de febrero de 1962 cuando Municipal enfrentó al Santos de Pelé, por la Copa Libertadores de América. Aquel día el querido Muni recibió el apoyo de atigrados y académicos. Cuando se había jugado un cuarto de hora del partido, Aguilera se fue por la derecha junto a la tribuna de General, lo esperaba cerca Alberto Tórrez, pero en el área estaba el Gran Willy, un poco más tras Aguirre y Ruiz Díaz, todos le pedían el pase; y vino el centro que colgó a todos, incluido el portero de Santos. Gol de Muni, gol boliviano, gritaba Cucho Vargas, el relator de entonces.


En ese momento vi rodar por las gradas a medio centenar de personas por la emoción, unos se abrazaban, otros estaban roncos de tanto gritar: Muni, Muni. Probablemente ese fue el clímax, el momento más apoteótico de Municipal. El partido terminó 4-3 a favor de Santos, pero esa es otra historia.


Esa cuerda le alcanzó a Municipal hasta 1966, cuando el Gran Willy estaba aún en su apogeo y emergían nuevos rostros. Pero el último grito de Muni se escuchó en 1974, para entonces ya no jugaban los legendarios y emergió una nueva generación con Nicolás Linares, Jorge Lladó, Pablo Baldivieso, Jaime Rimazza y otros.


Las páginas deportivas que permanentemente citaban a Municipal empezaron a ignorarlo porque el club guinda descendió de categoría en 1983. Ese día vi llorar como niño en una esquina del camarín al inolvidable Hans Soliz, entonces técnico de los guindas. Para entonces a Municipal le regateaban el uso de la cancha de Sopocachi, un escenario que lo edificó Heriberto Centellas y por un capricho propio de los hombres que quieren el anonimato lo llamó Luis Lastra, en honor a un humilde trabajador de la Alcaldía.


Y Municipal no pudo pararse más. Me contaron que le costaba reponerse de sus heridas, hasta que llegaron los que le clavaron el puñal en la espalda, los que vendieron su pequeña sede, los que hasta montaron una corrida de toros en el Lastra, eran los dirigentes grises.


Municipal, el semillero del fútbol paceño, el orgullo de los chukutas se enfermó y nadie iba a visitarlo, le quitaron su casa, su campo de juego y lo dejaron anémico, postrado y olvidado. “A éste no le conozco”, dijo el Alcalde, porque tal vez no conocía esta historia.


Pero faltaba la última cuchillada, esta tenía que ser en el corazón. Y el tajo llegó, duró a ocultas, sin contemplación. Para entonces el enfermo estaba solo y el dirigente que se quedó para cuidarlo en su lecho aprovechó del nombre glorioso, endeudó a la institución hasta donde no pudo más. Por eso, cuando quiso inscribirse este año le dijeron a los que aún respondían por el nombre: “Deben 70 mil bolivianos y el dirigente de esta institución debe otros 700 mil bolivianos a la Asociación”.


Imposible reponerse de tan cruel cuchillada, no había nada más que hacer, para colmo de males, el dueño del hospital lo dejó morir al sentenciar “pagan o no se inscriben”. Así murió el equipo del gran Willy, así pasó a la historia el Muni, el querido Muni, por eso les cuento a los niños y jóvenes de hoy, que había una vez…
Ernesto Murillo Estrada
Es filósofo y comunicador social

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