Entre cómodos y comodones

06 de Marzo de 2010, 07:06

La Paz - Bolivia.- La sede de Gobierno de Bolivia tiene unos buses que datan de las décadas de los años 60 y 70. Este medio de transporte serpentea por el centro de la ciudad y termina su ruta en Tembladerani, una de las zonas más pobladas de la ciudad. Cuando alguien se sube a uno de estos vehículos sabe que va a ir a ritmo de caravana, que se va a tragar todos los baches de la ciudad y, además, tiene todo el tiempo del mundo, como para llegar a tiempo a la cita o el trabajo.


Pero el aditamento central de esta travesía es la cantidad de veces que el chofer del omnibús para su medio de transporte para recoger a las personas. Contar me resultó un buen ejercicio matemático, como el que sugiere Malba Tahan en “El Hombre que calculaba”. Nada más en el trayecto del Prado entre las calles Colombia y la Plaza del Estudiante, conté el otro día 16 paradas y no es precisamente que haya 16 cuadras, sino sólo tres; de manera que desde mi fuente de trabajo hasta mi domicilio en la vieja zona de Sopocachi, conté 103 paradas y no porque haya ese número de cuadras, porque la distancia que recorro no supera las 30 cuadras.


Es que en el trayecto hacen parar el bus donde les da la gana, ancianos, niños, jóvenes, gordos, flacos, personas obesas y hasta los atléticos. Es que nos esforzamos tan poco, físicamente hablando, que luego tenemos que sacar tiempo para andar una hora diaria si no queremos que se nos dispare el azúcar y el colesterol. Somos cómodos, comodones, exasperantemente flojos, así somos los paceños.


Elegimos el coche más cómodo, el sillón más cómodo, el suelo más cómodo, bañeras con hidromasaje y más. Hacemos parar el bus en la puerta de nuestra casa y el chofer se suma a nuestro capricho, provocando el embotellamiento de vehículos. El que desciende del bus en la esquina es un bruto, porque sigue una tradición que va camino a la extinción, el que reclama al hombre del volante para que apure su marcha y se detenga sólo en las esquinas es un desconsiderado y nada solidario.


El día que algún alcalde de este municipio proponga suprimir esta mala costumbre, de tomar el bus donde a uno le da la gana, se ganará la antipatía de la mayoría y cosechará escasos votos, los de aquellos que todavía creen en el orden.


El problema no es de los choferes, sino del citadino, del hombre de este siglo XXI, del protestón, del disconforme, del que dice que debemos cambiar, pero tan pronto se le presenta la oportunidad de incumplir las normas lo hace. Todo en nombre de la comodidad.
Ernesto Murillo Estrada
Es filósofo y comunicador social

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