No todas las sexoservidoras son pobres, explotadas o migrantes

24 de Julio de 2017, 07:33

Tiene 27 años y es una empresaria de éxito. Soltera, atractiva, de piernas finas y largas, elegante y educada, ha logrado en un lustro con su profesión, sexoservidora, dinero y reconocimiento.

Elegante y refinados modales, dueña de su cuerpo y su tiempo, se desenvuelve con facilidad en inglés, francés, portugués y su lengua madre, castellano, y está orgullosa de sus ingresos económicos mensuales: 10 mil dólares en promedio.

Sin novios, amantes, ni vida sentimental, ella no cree en la inagotable rutina de despertar cada día con el mismo hombre.

“Soy libre, soy profesional de una costosa universidad, mi trabajo me brinda independencia pero no compromiso”, dice esta mujer que recibe a Cambio en su elegante “oficina”, en el exclusivo barrio paceño de Obrajes.

¿Y cuál es el secreto del éxito en su profesión?

Enfundada en ajustado jean y una camisa blanca  con un discreto escote, una taza de café en la mano, el celular en la otra y los pies descalzos, responde sin complejos: “Ofrezco calidad”.

Y agrega, para no dejar dudas: “Todo aquí, en mi oficina, pero  hay excepciones”.

Cada sesión, o contrato verbal que coordina personalmente con sus clientes, es de una hora, “ni un minuto más”.

“No hay besos en la boca y siempre con protección”, aclara.

Profesional
Fría y distante, pide no hablar de las circunstancias en las que, a los 17 años, a punto del bachillerato, inició la caminata en este oficio, ni de su familia radicada en Cochabamba.

Se confiesa, sin embargo, como una profesional que disfruta su trabajo y que no aspira a la normalidad de una vida en familia.

Esta políglota y psicóloga recién titulada, que utiliza al menos media docena de nombres para ofrecer las curvas de su cuerpo en un periódico paceño, brinda una hora de sexo entre 500 y 700 dólares. “Hay también personas de mucho dinero y poder que compran mi tiempo por 2.000, 3.000 dólares y viajes fuera del país hasta por 10.000 dólares”.

Ella se anuncia en avisos prepago de periódicos paceños  como “hermosa mujer de piel suave, morena, de ojos claros y dispuesta a hacer los sueños realidad”.

Su “oficina”, sobria, de amplias ventanas, paredes de color palo de rosa sin cuadros ni adornos, un sillón de un discreto rojo y alfombra marrón con motivos andinos, está en el tercer piso de un edificio de comercio donde varios rubros profesionales ofrecen sus servicios.

El “despacho” de su “oficina” es, en realidad, el dormitorio donde atiende en la intimidad a sus clientes que no han parado de llamar para hacerse de una cita. Ella, que no quiere ningún nombre ni fotografía para la entrevista, conversa por su celular con sus clientes mientras pasea distraída con los pies descalzos sobre la alfombra.

Identidad
Como si se tratase de viejos conocidos, muy atenta y cariñosa les habla suave, les saluda con “hola mi amor”, “si mi vida”, “para ti lo que quieras”, “la pasaremos delicioso”, “estoy ansiosa”.

Tras cada llamada, anota en una agenda el nombre y la hora de la cita de su amante urgente.

Ella se divierte, sabe que quienes la llaman han curioseado por la página web que está como referencia en su cotidiano aviso de prensa.

En su portal hay imágenes suyas muy sensuales y comentarios sugerentes. Hay quienes le escriben, con seudónimo, comentarios del apasionado encuentro con esta elegante sexoservidora.

Otros le hacen preguntas con las hormonas en ebullición y ella responde con inteligencia, buen humor y paciencia.

“Ven las fotografías del portal y desean cada centímetro de mi cuerpo”, comenta con una suave sonrisa que rompe el hielo impuesto por ella en la entrevista.

Por el contenido de algunos comentarios que le envían, parecería que son todos adolescentes en celo.

Atlética, delgada, 1.75 de estatura, senos perfectos —al menos así se muestran en las fotografías— y caderas ondulantes, esta mujer culta y educada señala que el “anzuelo” de su trabajo es “excitar”.

Con su aclarado pelo rubio, ojos café, labios rosados, nariz perfecta y escaso maquillaje, la empresaria de su cuerpo asume sin complejos su doble vida: bella de día como exitosa profesional, bella de noche como una exclusiva trabajadora sexual.

La palabra prostituta le desagrada y confiesa no verse como una de ellas, es uno de los secretos del éxito en su profesión.

Una dieta baja en calorías, disciplinadas sesiones de gimnasio seis veces a la semana, manicure, pedicure, sin drogas, cigarro o alcohol, completan la piedra angular de su singular victoria empresarial.

Ella se distancia de sus colegas de profesión explotadas por mafias y policías, y sostiene que la suya no es una historia triste.
“Y aunque lo fuera, no se lo diría a usted”. 

En tres años, al coronar 30 años, quiere dejar el oficio. Al menos ése es su plan.

“Pero no sé si cuando llegue el momento podré hacerlo, esto genera diversión y dinero”.

 

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50 mil mujeres apoyan un proyecto para su oficio

La representante de las trabajadoras sexuales de Bolivia, Lily Cortez, recorre el país para informar a sus afiliadas sobre los avances de un proyecto de ley que, si se aprueba en el Legislativo, legalizaría la prostitución en el país

Y también les permitiría beneficios de jubilación y el seguro de salud. La Paz, Cochabamba y Santa Cruz concentran el mayor número de sexoservidoras.

“Sólo en Santa Cruz, al margen de las que no están afiliadas,  hay 17 mil”, señala Cortez.

Y no todas las trabajadoras sexuales ejercen el oficio en sucias y oscuras calles, cobijadas en el manto de la noche,  acercándose a vehículos o transeúntes.

“Hay muchas compañeras autogestionarias”, asegura la dirigenta y explica que bajo esa “modalidad” un grupo de mujeres aporta dinero, alquila un inmueble y allí venden su cuerpo.

“Y toda la ganancia es para ellas, sin intermediarios”.

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