DEL CONGO A 脩ANCAHUAZ脷

18 de Julio de 2017, 07:06

La derrota en África fue para el comandante Guevara algo más que un descalabro militar. Aquella retirada lo llenaba de un pudor profundo porque sintió que había abandonado un campo de batalla internacional para extender la Revolución Socialista. En su imaginario idealista, capitular en África significaba abandonar todo un continente explotado que clamaba liberación. Acostumbrado a las victorias del proceso cubano conducido por Fidel, este revés militar supuso un freno a su impetuoso universo mental, al ansia juvenil y rebelde que le roía las entrañas. A los 37 años, ese revolucionario ya maduro comprendió que no siempre se gana y que los ideales profundos a veces no bastan por sí solos para torcer el curso de la historia.
La derrota del Che en el Congo fue, por tanto, una derrota más moral que técnica, más espiritual que militar. El Che había mordido el polvo y no estaba acostumbrado a ello. Él sabía que esa derrota no le correspondía, pues muchos factores extrínsecos se habían interpuesto en su disciplinado método organizativo. Las tropas africanas no resultaron ser lo que él esperaba y comprobó que disciplinar y motivar a hombres de otras culturas no siempre es una tarea realizable, o al menos sencilla. Las idiosincrasias particulares de aquellos africanos animistas, que conjuraban espíritus y se abandonaban a estados mentales de éxtasis antes de los combates, superaron las expectativas de los instructores cubanos, acostumbrados a otro régimen de conducta frente al enemigo. Como bien le había dicho el Che a Fidel en su correspondencia personal, en el Congo no faltaban armas y equipos, sino soldados entrenados y hombres motivados para un tipo de lucha orgánica, con órdenes y cadenas de mandos. El comandante argentino sabía perfectamente que un fusil en manos incompetentes era lo mismo que nada. O muy poco. Era el genio tras el arma, el espíritu de lucha lo que dirime la suerte en un enfrentamiento. En la Sierra Maestra antes del ’59, más valía un guajiro con un simple machete, que allí un congoleño con un AK-47 sin disciplina ni orden.
Todas estas cuestiones las repasó en su cabeza durante los tres meses que permaneció en Dar Es Salaam luego de la derrota, en la legación diplomática cubana de la capital tanzana. Allí descansó, escribió correspondencia y siguió de cerca las noticias que llegaban desde el Congo. Un antiguo sargento de la policía colonial belga llamado Joseph-Desire Mobutu, ahora ascendido a Teniente General del Ejército Congoleño, dio un golpe maestro con un grupo de militares y desplazó a Kasavubu como hombre fuerte. Durante la misma semana en que el Che cruzaba el lago Tanganica derrotado, Mobutu tomó el poder del país, al que le cambiaría el nombre por el de República del Zaire. El propio Mobutu, a partir de 1972, pasaría a llamarse Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu Wa Za Banga, cuyo significado era: el guerrero todopoderoso que, gracias a su resistencia e inflexible voluntad para ganar, va de conquista en conquista, dejando un rastro de fuego. Mobutu era un astuto oportunista y un megalómano de pacotilla, muy al gusto de las potencias occidentales que le permitieron hipotecar el país, mientras Mobutu ensayaba alianzas y acuerdos con las corporaciones europeas para la extracción de los ricos minerales del subsuelo nacional: coltán, uranio, cobre, oro, níquel o diamantes.
El Che, gran lector de geopolítica, sabía que la pérdida del Congo significaba perpetuar las condiciones de esclavitud y dependencia que él, Lumumba y otros habían intentado combatir. Y no se equivocaba. Mobutu Sese Seko, al morir en 1997, dejaría al país una deuda externa de 13.000 millones de dólares, de los cuales más de 5.000 millones reposaban en sus cuentas personales de la banca suiza y en paraísos fiscales. Otros muchos millones estaban a nombre de las pequeñas oligarquías mineras y gubernamentales que él creó a lo largo de sus 32 años de gobierno.
La idea del comandante Guevara era empezar por el Congo, ya libre de la influencia colonial de Bélgica, y desde allí comenzar una tarea de acoso guerrillero y revolucionario para finalmente —con la ayuda soviética— liberar a un continente aplastado por casi 500 años de intervencionismo colonial europeo. Las similitudes con América Latina era evidentes para el Che, aunque mucho más trágicas y exacerbadas. Si Latinoamérica debía unirse para su liberación económica, África debía antes constituirse como una región autónoma de países recién formados y sin experiencia independiente. La revolución allí era, por tanto, un imperativo histórico, y sin embargo no había podido ser realizado.
En Dar Es Salaam, el Che decide dirigirse a Praga, la capital de la República Socialista de Checoslovaquia —bajo la órbita soviética tras el Telón de Acero— y allí reordenar su estrategia revolucionaria internacional.
Antes de partir hacia Europa Central, Guevara recibe la visita de un integrante de los servicios de inteligencia cubanos, el odontólogo Luis Carlos García Gutiérrez, que fue enviado por Fidel para ayudar el Che y evitar que su presencia sea detectada en Europa. La CIA le seguía de cerca y ni siquiera Moscú o la KGB debían saber de sus traslados, pues las agencias rusas y estadounidenses se espiaban mutuamente, y lo que la una sabía, la otra también. El Dr. García Gutiérrez sería el encargado de cambiar radicalmente el aspecto físico del Che y darle una nueva identidad. A partir de allí, el Che dejaría de ser Ernesto Guevara de la Serna, y su pasaporte diría “Ramón Benítez”.  (continuará)

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