Buscan insertar a los aborígenes y conservar sus costumbres

06 de Marzo de 2017, 06:09

  6 de Marzo de 2017 | 03:51| Publicado en Edición Impresa
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Buscan insertar a los aborígenes y conservar sus costumbres

Los aborígenes que se reúnen en La Plata con el objetivo de insertarse laboralmente - el dia

Compartir ceremonias ancestrales, intercambiar aspectos de cada filosofía de vida o hacer “minka” - trabajos comunitarios -, son algunas de las actividades que realizan en La Plata indígenas provenientes de distintos puntos del país.

Según cálculos del Consejo de Comunidades Indígenas, en la Región viven unos 15 mil originarios y desde el Centro Integral Indígena Wawawasi, se trabaja a diario para que no se pierda su idiosincracia, por la inserción laboral, el aprendizaje de las lenguas nativas y la aplicación de las leyes que reconocen sus derechos.

El saludo de cada día es “Ama Sua, Ama Llulla y Ama Quella”, que significa, “no seas ladrón, no seas mentiroso y no seas ocioso”. Es que los valores, creen, constituyen la piedra basal que les permite estar de pie a pesar de todos los embates sufridos a lo largo de la historia.

María Ochoa, cacique de la comunidad Kolla Malkawasi de La Plata, y una de los casi 300 mil indígenas que habita suelo bonaerense, está convencida de que pese a que sus asuntos son contemplados en la dirección de Colectividades, en esa dependencia comunal no se entienden sus necesidades, ni la forma de ser de cada pueblo originario.

“El espacio de trabajo podría ser dentro de la dirección de Cultura, un lugar para avanzar en la recuperación de nuestra identidad o la lengua; nosotros pedimos que nos pongan una profesora que enseñe nuestro arte y no lo conseguimos”, explicó la cacique que brega por “tener la salud que nos merecemos, poder sostenernos económicamente y enseñarle a nuestros niños quiénes son”.

CONOCIMIENTOS DE SIGLOS

La cacique destaca que tienen conocimientos avalados por siglos como, por ejemplo, los que les sirven para determinar el cultivo y el uso medicinal de las hierbas. En ese marco de organización comunitaria tampoco es casual que entre ellos no existieran las palabras hambre y pobreza, algo desconocido en sus pueblos.

“Muchos de nosotros terminan trabajando en el servicio doméstico, pero podrían recuperar el arte, ese que se expone en los museos del mundo, y tener un sistema de vida propio; nosotros tenemos valores, una cultura comunitaria que puede sobrevivir en el cemento de la ciudad”, agrega la coya.

LOS VALORES

Entre los valores consignados destaca la reciprocidad de los pueblos originarios y la práctica del Aini - cuando todos se juntan para levantar una casa - “el estado solo debe asignarnos un territorio, si nosotros ya estábamos acá antes de que nadie llegara”, agrega la cacique.

En Wawawasi, el centro que funciona en 117 y 38, se atiende a 55 niños que tienen entre 4 meses y 14 años, se les enseña de dónde vienen, su lengua natal y hasta reciben alimentos cocinados según recetas indígenas. Ese espacio también se abre a la comunidad los primeros sábados de cada mes cuando se dan charlas de diferentes temas indigenistas.

“Compartimos ceremonias, los ancestros nos hablan, nos acompañan, sabemos que Pachakutic está entre nosotros y es el que nos hace querer sentir, es el que lleva a tantos jóvenes a explorar espacios nuevos y fundar nuevas aldeas, él permanecerá con nosotros por 500 años”, asegura María Ochoa.

El chaqueño Rogelio Canciano, cacique qom - toba, está orgulloso de las casas que levantaron y habitan en el barrio Malvinas, 151 entre 35 y 36. Allí viven 450 qom que recientemente obtuvieron los títulos comunitarios de sus viviendas, tal como establece la ley indígena. Muchos trabajan como albañiles, están en cooperativas o son artesanos que venden cerámicas, tejidos o cestos.

El cacique es un interlocutor entre la comunidad y el Estado y está embarcado en el proyecto de recuperar su lengua y cultura, como así también el trabajo digno para los que considera sus hermanos, por eso en la biblioteca les da talleres de electricidad y albañilería.

“No queremos que se pierda la cultura del trabajo porque se salva el que tiene un oficio”, dice con severidad y aclara que el pueblo qom tiene un reglamento muy rígido y aquel que lo viola hasta puede terminar expulsado del barrio.

Kim Lefin, nació en Chile, pero para ella ese es solo un dato, porque cree firmemente que mas allá de las fronteras, su origen es mapuche y dice con orgullo que es el único pueblo originario que nunca perdió nada y en el que aún se respetan las costumbres.

“Llegue a La Plata para estudiar odontología y me llamó la atención la cantidad de niños que tienen nombres mapuches con una carga simbólica que llevarán toda su vida. Por ejemplo Nehuen significa fuerza y Lihuen, amanecer”, sostiene y agrega con convicción, “esté donde esté, nunca dejaré de ser mapuche”, una premisa que también le transmite a Wanguelén, su pequeña hija.

Coherente con los conocimientos y habilidades recibidos de sus mayores, Kim Lefín teje en telar mapuche y acompaña a su pareja que es orfebre.

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